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La placenta: todo lo que tienes que saber

En algunas culturas, la placenta es venerada por su sentido de vida. Su simbología trasciende lo meramente fisiológico.

La placenta es un órgano fundamental en el embarazo y existe sólo en esa etapa. Constituye la conexión vital del bebé con la madre, ya que su principal función es la de transmitir los nutrientes para el feto, propiciando que crezca y se desarrolle adecuadamente.

Su nombre proviene del latín y significa “pastel aburrido”, haciendo referencia al formato que tiene en los seres humanos. En el mismo instante en que el embrión se adhiere a la pared uterina (en la semana que se produce la fecundación) la placenta comienza a formarse.

¿Para qué sirve la placenta?

La placenta es un órgano de vital importancia para el crecimiento y la protección del feto. En los primeros meses, aún no está completamente formada y es el endometrio el encargado de alimentar al embrión. Hasta la 18ª semana de embarazo no tendrá su estructura definitiva. Cuando empieza a cumplir sus funciones:

Facilita el intercambio de nutrientes y hormonas.

Funciona como pulmón fetal, administrando oxígeno al bebé.

Actúa como filtro, eliminando las sustancias nocivas y desechos, que son remitidos a la corriente de la sangre materna. A continuación, se eliminan a través de los riñones.

Fabrica las hormonas, entre ellas la gonadotropina coriónica humana, que permite la continuidad del embarazo.

También sintetiza los estrógenos, hormonas sexuales femeninas. Estas hormonas tienen un papel importante en la implantación del embrión, en el desarrollo de las mamas y en el lactógeno de la placenta. Todas estas hormonas colaboran en los momentos en que el cuerpo de la mujer pasa por las modificaciones necesarias en el embarazo.

¿Cómo funciona?

La placenta se comunica con el feto a través del cordón umbilical, que se encuentra formado por dos arterias. Una se encarga de renovar la sangre que fluye hasta que el bebé y la otra de transportar los residuos hasta la madre.

Todos estos intercambios se producen a través de la barrera placentaria. Se trata de una membrana que bloquea selectivamente gran parte de las sustancias potencialmente perjudiciales para el feto.

Muchos microorganismos, como bacterias, gérmenes o tóxicos en general no pueden atravesar la placenta. Así, el bebé está protegido en una fase en la que su sistema inmunológico aún no está listo. Sin embargo, la mayor parte de los virus son capaces de cruzar o romper esa barrera, por este motivo es importante prevenir las infecciones.

Composición y ubicación

La placenta está formada por varias capas, que son creadas a partir de un componente materno – una transformación de la membrana o de la mucosa uterina – y una parte de origen fetal, el trofoblasto. Esta parte fetal está compuesta por cientos de vasos sanguíneos de los cruzados.

La parcela de origen materna es la más externa de la placenta. Está en contacto con la pared uterina, motivo por el cual es conocida por la placa basal. Consiste también en una combinación de tejido embriónico y tejido materno.

En cuanto a su ubicación, la placenta está implantada y segura en la pared uterina. Normalmente, se encuentra en la cara anterior o posterior del útero, sin obstruir el cuello uterino, por donde va a nacer el bebé. Cuando está situada en la parte baja del útero, se llama placenta previa.

La vida de la placenta

Como cualquier otro órgano, la placenta tiene un proceso biológico: nace, crece y muere. Sin embargo, este órgano se diferencia de los demás porque dura sólo el tiempo de embarazo: aproximadamente 40 semanas.

Crece durante toda la gestación, con la excepción de las últimas semanas, cuando su desarrollo se estabilice.

A partir de la 41ª semana aumenta el riesgo de dejar de funcionar correctamente. Es lo que se denomina placenta vieja, envejecida o hiper-madura. En ella se forman algunas calcificaciones, que pueden ocasionar que la placenta ya no alimente adecuadamente al feto.

Al acabar la gestación suele medir entre 1,5 y 3 cm de grosor y 15-20 cm de diámetro, pesando alrededor de 450-550 gramos. El parto no termina hasta que la placenta es expulsada, en la fase final del mismo: el alumbramiento o expulsión de la placenta. En esta fase siguen ocurriendo las contracciones.

Una vez sacada, debe ser observada para que se tenga la certeza de que haya salido por completo. Esto es necesario porque si hay restos de la placenta en el interior del útero, pueden surgir complicaciones. Además, controlando el estado de este órgano, se pueden obtener pistas sobre el estado de salud y desarrollo del bebé.

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